Cansada de que sus compañeros la regañaran por no hacer nunca ninguna foto en los 10 años que han compartido juntos, la joven británica se compró una cámara antigua, de segunda mano. «Entré en una tienda de cámaras de segunda mano y el dependiente, muy amable, me convenció de que necesitaba una cámara de película antigua en blanco y negro», ha contado durante una entrevista a la revista Empire.
La actriz se tomó tan en serio retratar sus últimos momentos con sus compañeros, que «cada foto que hacía me llevaba 10 minutos porque tenía que ajustar el diafragma, la velocidad del obturador, el enfoque y todo lo demás».
Sin embargo, todos sus documentos gráficos se fueron al traste en el crítico instante en que estaba revelando el carrete. «La chica que estaba ayudándome a revelarlo encendió la luz, en una habitación totalmente oscura, y se borraron todas las imágenes», cuenta.
Su resignación fue tal que «no pude hablar durante tres días», según confiesa, aunque su nueva afición por la fotografía parece no haberse esfumado con las fotos y ya se ha pasado a las nuevas tecnologías. «Las cámaras digitales y el Photoshop son un valor seguro», admite.







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